Tenía espinas el pimpollo que me regalaste. Sutiles, mínimas,
casi invisibles. Pero hirientes. Me pinché los dedos dos o tres veces. Me
quejé. Te molestó mi refunfuño y me pediste que te lo devuelva: “Si te lastima,
dejalo”, dijiste.
No lo hice, por supuesto. Era demasiado lindo para
abandonarlo por unas espinitas, por unos pinchazos. Sé muy bien que todo lo
bello tiene su lado punzante, desgarrador.
Además, ese pimpollo tenía (tiene) un gran valor. Me lo
diste después de tanto desencuentro: vos querías bailar conmigo, yo quería
bailar con vos, pero la noche fue impía, inexorable, y sólo alcanzamos a vernos
unos minutos y desearnos felizañonuevo.
Y yo que tenía tantas ganas de que estemos juntos…
Suerte que con el sol llegó tu mensaje, justo cuando entraba
de vuelta a mi casa. No dudé ni un segundo mi respuesta: “Venite”. Vos sí
dudaste, como siempre. Pero finalmente apareciste, finalmente nos besamos tanto,
finalmente nos colmamos de abrazos y caricias, finalmente hicimos el amor
tiernamente y festejamos el fin de año como corresponde.
“Quien te dice –me dijiste- el próximo 31 lo pasamos
juntos”. Y me diste el pimpollo.
Ya era 1º de enero. Los dedos pinchados me dolieron todo el día. El dolor más maravilloso que he sentido nunca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario