Hace poco salí de compras con una amiga. Conseguí una
musculosa de modal y una blusa estampada.
Además encontré un vestido muy lindo, en oferta.
Discreto, sencillo, cándidamente bello. Largo a la rodilla,
negro con pequeñas florcitas de tenues colores, la pollera suelta, la cintura
marcada con un lazo. Y a un precio más que favorable.
Me lo probé. Me quedaba pintado.
Mi amiga dijo que parecía Laura Ingalls, pero en un buen
sentido. No sé cuál puede ser el buen sentido de parecer Laura Ingalls, pero
ella lo dijo como un halago.
A mí no me convencía, no sabía bien por qué. Todavía no lo
sé.
Mi amiga insistió: es ideal para vos.
Me miré mil veces en el espejo, desde todos los flancos. Y
era cierto: lucía perfecta. Resaltaba mi cintura, ocultaba lo peor de mis
piernas, disimulaba mis anchas caderas. Mi cuerpo se figuraba armonioso en ese
vestido.
Encima tan cómodo.
Sin embargo no me cerraba ese estilo naif, no era lo que
necesitaba en ese momento, yo quería otra cosa.
Decidí dejarlo, con esta promesa: si alguna vez regreso a
ese negocio y el vestido todavía está, aún nadie lo adquirió, sigue sobrio e
incólume en su percha, colgado del exhibidor, entonces me lo llevaré sin
dudarlo pues será obvio que su destino es ser mío.
Con ese pensamiento y un dejo de consternación, lo abandoné en
el mostrador.
Cuando salía del local, justo después de despedirme de mi
amiga, me cayó la ficha, tuve una epifanía, una revelación. Y comprendí todo de
una buena vez.
Yo, para vos, soy un vestido en oferta.